viernes, 22 de mayo de 2009

Mexico charro



Historia de la Charrería


La Historia antigua de México floreció hacia la parte sur de la línea imaginaria trazada. El pueblo de México-Tenochtitlán era el principal del territorio del Anáhuac: se asentaba en la altiplanicie, entre valles y lagunas. Desde aquí tuvo su proyección militar, económica y cultural, con influencia efectiva hasta centroamérica.

La ciudad azteca imperó desde 1935 hasta 1521 y con la acción de los guerreros de la Triple Alianza (México, Tacuba y Texcoco), dio a su denominación la apariencia de una cultura unitaria.

En el siglo XVI los hombres de a caballo sojuzgaron a México-Tenochtitlán, e impusieron la dominación con la imperial de Carlos V, que fue cristiana, española y de aprovechamiento económico.

México-Tenochtitlán tuvo una admirable organización en lo político, religioso, económico y social. Testimonian Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo, cuando en sus crónicas describen la plaza de Tlatelolco; comentan que había orden, policía autoridad y dicen que se conseguían todos los productos de la tierra, fueran de labranzas explotadas en el Calpulli (maíz, chile o verduras), en las chinampas, o animales de crianza, asimismo; se vendían objetos muy estimados y de gran valor por los chalchihues, las plumas exóticas y caracoles rojos.

Aquella sociedad de trueque, no pocas veces utilizó el cacao como moneda, aunque también era un producto de consumo.

Cuando los conquistadores españoles desembarcaron con Cortés en México en 1519, traían consigo 14 caballos. Para la población indígena que nunca había visto antes al animal, caballo y jinete lo confundían en un solo ser; para los españoles en cambio, el noble bruto constituía un indispensable medio de transporte y conquista.

Con las huestes del extremeño llegaron 16 caballos que en Tabasco hicieron por primera vez su aparición bélica con 'pretales y cascabeles', mostrando el arte de montar a los aborígenes. Bernal Díaz del Castillo, conquistador y hombre de campo, entendido en equinos, supo relacionarlos con los nombres de sus dueños. El dato es interesante, porque aquellos caballos y yeguas, fueron los primeros que trotaron por el territorio: sin embargo por razones de tiempo y de la guerra no deben considerarse aún como la simiente de la caballada mexicana.

He aquí la lista de Bernal Díaz: "un caballo zaino, una yegua alazana muy buena, de juego y de carrera; una yegua rucia de buena carrera; otra yegua rucia muy poderosa, un caballo castaño oscuro muy bueno y gran corredor: un buen caballo castaño, perfecto castaño, buen corredor; un caballo overo, labrado de las manos y era bien revuelto; un caballo overo, algo sobre morcillo, no bueno para cosa ninguna; un caballo muy bueno de color castaño algo claro y muy buen corredor, es muy buen caballo oscuro, que le decían el Arriero y una yegua castaña que parió en el navío; es decir el primero nacido en tierra mexicana. Por el lienzo de Tlaxcala, conocemos las 17 marcas de los hierros quemadores; y por cierto, los caballos se herraban del lado de la garrocha; y además se aprecian caballeros montados que llevan el muslo vertical y a partir de la rodilla la pierna se dobla hacia atrás, para conservar el contacto con el flanco del caballo".

Aunque sin descripción, participaron más caballos en la conquista de México. En efecto, tuvo refuerzos la pequeña tropa de Cortés. Apenas fundada la Villa Rica de la Veracruz, llegaron y se le incorporaron Francisco de Saucedo con un caballo y Luis Marín con una yegua.

Los caballos traían un arnés o armadura llamada barda; era de baqueta o de fierro o de ambas cosas, y les protegía cabeza, cuello, el pecho parte de las piernas y las ancas.

La silla brida tenía menos altos los borrenes, con estribos largos, siendo anchas las camas de freno; a la brida montaba la caballería pesada. La silla media, entre la jineta y la brida, así como al modo de andar en ella se le decía bastarda. La silla estradiota tenía borrenes en que se encajaban los muslos y los estribos eran largos y anchas las camas de los frenos, el jinete cabalgaba con las piernas extendidas, y se le nombraba estradiote. Los caballeros usaban espada, puñal y una lanza, la jineta era corta, con el hierro dorado, y a veces con una borla en la guarnición. La estradiota era muy larga, con dos tiras de hierro hacia abajo, a veces llevaba arandela para resguardar la mano.

Los caballeros portaban armadura, a veces mallas, yelmo y rodela. La caballería fue un arma de gran provecho en la conquista, y aun muchos años después, exploraba e iba al descubierto a buen trecho de los infantes. Existen unos estribos, hallados en los médanos de Veracruz: son romos por la parte que roza la barriga del caballo, y hacia afuera y por debajo del pie llevan cuchillas, así se comprende por qué los jinetes también se defendían con los pies.
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Hasta 1619, los caballos estaban prohibidos para los indígenas y los criollos, aunque fueran descendientes de reyes.
Conocido es que la legislación europea fue inflexible para castigar a los infractores hasta con la pena de muerte. En 1619 , el virrey Luis de Tovar Godínez otorgó el primer permiso escrito para que 20 indígenas en la Hacienda de San Javier (en Pachuca, actual capital de Hidalgo) "pudieran montar libremente caballos con silla, freno y espuelas. Las necesidades rurales variaron las circunstancias, pues se precisó de la ayuda de los aborígenes para la guerra y los servicios rurales.

Se puede imaginar que, cuando los indios y los mestizos, al principio considerados bastardos, quedaron frente a los caballos y los bovinos tuvo lugar la más remota escena charra y cuando se integraron a las faenas campiranas, primero a pie y luego montados, ofrecieron el más antiguo cuadro de la charrería mexicana, que nació en forma modesta y con previo permiso oficial.

Con el tiempo, el jinete mexicano se haría famoso por su destreza como vaquero, pero hubo de pasar mucho tiempo para que formara parte de la civilización a caballo, ya que la discriminación racial retrasó el proceso; sin embargo, desde el siglo de la conquista, se reconoció en España la calidad de nuestros primeros jinetes.

Desde fechas tempranas del siglo XVI, en la Nueva España, hubo crianza de caballos, yeguas y bovinos. Cuando los conquistadores y después los colonizadores eventualmente perdieron sus monturas, en las empresas de conquista y pacificación , la caballada extraviada se reprodujo en las montañas, la selva y los campos de agostadero y nacieron buen número de potros y potrancas que los indios domaron y amansaron para su servicio. Por eso los fierros sirvieron para localizar los mostrencos y también para responsabilizar a los dueños por los destrozos y daños causados en sus campos por estos animales.



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Los indios y los mestizos, tuvieron impedimento expreso para montar a caballo: "El indio, aun el descendiente de reyes, no podía ser caballero, pues sería enjuiciado bajo pena de muerte", en 1572, consignan la prohibición para que éstos anduvieran a caballo o en mula, todavía el 11 de enero de 1611, la legislación indiana estableció: "no consientan que los indios traigan armas y anden a caballo".
En la vida práctica atendieron junto con los mestizos las necesidades rurales de las estancias ganaderas, de los criadores de vacas, yeguas, poseedores de su hierro marcador que estaban registrados en el ayuntamiento (1529), y se conoce la lista de las primeras 24 personas dedicadas a estos menesteres, mismos que padecieron necesidad de pasturas y yerbas; hubo entonces mucho trabajo para los herraderos (en un tiempo fue más barato herrar con plata que con hierro, ya que este último era más caro por ser de importación ), y calzaban los caballos para los albeitares que curaban los animales (Cristóbal Ruíz fue el primer herrador. 1525) Así cobró impulso el oficio de la correduría de bestias (remates, proveeduría de empresas, etc.)

Al principio, los españoles les tramitaron los permisos requeridos para montar y para lo referente a su indumentaria. A partir de su miseria confeccionaron sus atuendos y ya desde la época precortesiana, tejían telas de algodón; así mismo, cuando conocieron la lana, usaron este material, lo mismo que las fibras de maguey, la lechuguilla o el algodón para hacer reatas y, poco a poco, todo fue tomando carácter y estilo; con pieles de venado confeccionaron prendas para protegerse sobre el caballo a realizar las faenas campiranas, y aprendieron a elaborar sus propios fustes en una época en que, inclusive, para los españoles era difícil la adquisición de equipos y clásicos de la jineta y arreos. Por eso hubo muchas mixtificaciones y un estilo peculiar para montar, enjaezar a los caballos y para ataviarse.

A don Luis de Velasco I, los charros lo toman como el inventor de la silla vaquera y del freno mexicano.

Don Luis de Velasco I merece un espacio especial en este relato, porque con su sello gobernante (1550-1565) favoreció a los caballeros y dio auge a la cría de caballos; tal ambiente acusa a su época.

Suárez de Peralta, historiador contemporáneo, gran jinete y autor de un libro de equinos, narra que don Luis de Velasco I fue amante de los Indios y que "tenía la mejor caballeriza de caballos . . . los mejores del mundo y muchos, y muy liberal de darlos a quien le parecía.



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La gente de a caballo participaba en diversos actos solemnes, o simplemente montaba por gusto. Cuando la frecuencia de los alardes fue menguando, tomó gran forma y tradición el paseo del Pendón, para conmemorar el 13 de agosto (San Hipólito).

En aquella época con el virrey, todas las autoridades y religiosos, desfilaban ostentando aparejos de lujo en las sillas de montar y en las espuelas, además de joyas, etc., marchando desde los mejor ataviados hasta los viejos conquistadores con sus armaduras y yelmos aboyados, que por sí mismos aludían a todas las batallas en que habían participado. Al decaer este paseo, tomaron auge los juegos de cañas.

No había caballero que no se empeñara en participar en dichos juegos, cuyo desarrollo y lujo fue proverbial. Se celebraban para festejar la llegada de los virreyes, la dedicación de un templo, la jura de un monarca, los onomásticos de los principales, etc. se realizaban en la Plaza del Volador, donde se ponían graderías y cajones, adornados con ricas colgaduras del Oriente; los sirvientes llevaban las varas para "alancear" toros y las cuadrillas de cuatro a diez caballeros, hacían entradas y evolucionaban simulando combates, hacían alardes de habilidad y todo era digno de admiración.



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En el siglo XVI, el virrey Velasco I emprendió la conquista de Querétaro (chichimecas) y autorizó bestias y armas para dos caciques aliados que fueron los pioneros de la charrería: Nicolás Montañez de San Luis, descendiente de nobles de Tula y Jilotepec. Asimismo, es importante el instructor portugués dominico, fray Pedro Barrientos, quien enseñó a los indios la cría y conservación de los caballos y el arte de dominarlos, montarlos y correrlos.

Pero a quien se reconoce como máximo profesor de equitación, es el beato Sebastián de Aparicio (1502-1596); actualmente en proceso de canonización y cuyo cadáver incorrupto se conserva en la Iglesia de San Francisco, Puebla, considerado mentor en las labores del campo (siembra y pizca, carga y desgrane de maíz, cosecha de trigo, frijol y tareas de riego), guía de los indígenas en la realización de las faenas de domesticación y aprovechamiento de las bestias: tiro, carga y después a la silla, instruyó a los arrieros, inventó una carreta tirada por dos bueyes para sustituir la carga de los naturales y enseñó a manejar una buena yunta.

Aparicio adquirió la hacienda de Careaga, ubicada entre Azcapotzalco y Tlalnepantla y en ella se dedicó a la agricultura y a la ganadería, lo mismo que a enseñar a los aborígenes a sembrar maíz y trigo.
Adiestró a estos a la doma de bovinos y, cautelosamente, en la de caballos, práctica o habilidad que era exclusiva para los españoles. Por esto, se le tiene como el verdadero precursor de la charrería, arte local que poco a poco se extendió desde la mesa central; principalmente del actual estado de Hidalgo, a los confines del Virreinato.

Los criadores de caballos que proveyeran a los expedicionarios fueron los que propiamente armaron el espacio o zona para que naciera la charrería.

Para fines del siglo XVIII, la Nueva España era francamente una tierra de jinetes y ya había aparecido el charro mexicano con sus propios rasgos.

Por su parte Leovigildo Islas Escárcega, refiriéndose a los inicios de la charrería, resume así: "cuando se extendió el uso de los caballos entre los habitantes de nuestro país, sin distinción de castas y jerarquías, debido a las necesidades de la vida del campo en la concerniente al manejo de ganado mayor, surgió la charrería entre los servidores de las grandes haciendas, donde los animales equinos y bovinos, se contaban por millares. Expertos vaqueros y caporales, hombres de campo en general, consumaban admirables maniobras en las que campeaban el arrojo y la destreza, en herraderos, tuzaderos o por simple divertimiento o traveseada. Durante mucho tiempo, la ejecución de estas rudas faenas fue el dominio exclusivo de la gente campirana, y en un prolongado lapso se intensificó, con modalidades propias y singularísimas, la suerte de lazar, creándose la de colear, que en ninguna parte del mundo se ejecuta como en México."

Madame Calderón de la Barca, con hermosa pluma y gran finura, relata cómo el Presidente, general Anastasio Bustamante, recorría la ciudad a caballo. Cuenta de sus viajes a caballo por la campiña mexicana y de sus peligros, tratando con excelencia los asuntos de herraderos, de coleadas y sucesos taurinos, y de la tradición de la gente montada de México, por lo que nos damos cuenta del ambiente de los charros en 1843.





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La dirección de Acción Cívica del Departamento del Distrito Federal, oficializó la costumbre a partir de 1930, autorizando concursos de charros y otorgando premios y con dicha motivación se agregaron otras suertes, tales como coleaderos, lazos, jineteadas, etc.

Es innegable que los charros actúan con la autenticidad de un producto cultural mexicano cuya "solera", de origen mestizo, tiene más de 450 años de "añejamiento", no obstante, fue hasta 1932 cuando empezó a celebrarse el día del charro.

En lo que atañe a la charrería y a Maximiliano, ha de considerarse que el noble nacido en el palacio de Schöenbrunn (6 de julio 1832), quiso gobernar para todos los mexicanos, aunque falló en su intento. Al llegar lo cautivó el país y el arte de la charrería. Maximiliano se vistió de charro, su ropa fue confeccionada ajustándola, en lo general, a la idea de la ropa charra aunque de paño negro, pero tuvo detalles muy propios, como la chaqueta recta, corta y sin adornos, pantalón cerrado adornado con doble botonadura, desechando las botas altas de gamuza; gustó de tocarse con un sombrero negro de ala planchada, con toquilla y galón de plata; sin embargo elevó y ennobleció la prenda no para hacerse popular.

Los charros fueron determinantes en la lucha para obtener la independencia política y después para mantenerla. A partir de 1810 son mexicanos patriotas y ya con derecho a tener caballos y ser caballeros, representaron la insuperable arma de la caballería, pues las cargas causan mucho daño y los equinos son insustituibles en los terrenos difíciles. Los hombres de a caballo, los vaqueros y los charros que montan con galanura pueden penetrar en la montaña por los sitios más intrincados, por veredas o abriendo brechas y en la selva o por los breñales y mezquitales.

La monta en la silla mexicana, con reata, sarape y armas con tapaderas en los estribos, ofrece muchas ventajas en el terreno práctico; como también el llevar chaparreras. Esto cobra sentido si recordamos que el verdadero charro es quien jinetea, colea y laza pues la reata sirvió de arma adicional y brutal, para mantener al enemigo, para capturar cañones, o gringos, zuavos belgas y austriacos.

Desde la conquista los indios conocieron las cargas de caballería con la lanza en ristre; pacificada la tierra, tanto los indios como los mestizos admiraron la monta, los juegos de cañas y las sortijas; y vieron "alancear" y "desjarretear" toros. Cuando fueron vaqueros y se improvisaron como charros, cuidaron el ganado menor y mayor y lo arriaron primero con garrochas de otate y después usando maravillosamente la reata.

El indio llamó china a su mujer, por su aspecto y su atavismo oriental; la china llamó a su hombre chinaco, y de ellos abundan cuadros con escenas costumbristas donde aparecen con su indumentaria, que varía según la época. La evolución de la vestimenta es esencial para la charrería, porque del calzón blanco se llegó al traje vaquero o campirano y de éste al de plateado, de chinaco, de rural y de charro, quien con la china poblana representa la esencia de lo mexicano.

Respecto a la china poblana cuenta la leyenda que una princesa china llegó a la Nueva España en la nao de Filipinas, la dama, recordando su origen, confeccionaba sus trajes al estilo de su tierra, mismos que se copiaron, pasado el tiempo acabó sus días en Puebla, entregada a la Religión y en una total pobreza. Hay otras versiones sobre el origen que nos ocupa, la que refiere que las mujeres compraban en las ferias mexicanas, objetos y paño de seda provenientes de la nao de Filipinas, y que luego cosían para usarlos como falda.

Geográficamente los charros tienen una zona de influencia, pues este arte nació en los estados de Hidalgo y de México y se extendió a los limítrofes con el D.F. del Centro se desplazó hacia el Bajío y tomó sus características en Guanajuato, San Luis Potosí, Michoacán, Guerrero, Colima y especialmente en Jalisco, donde la indumentaria configuró al "típico" charro y a su "china poblana".




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La Revolución Mexicana significó la lucha armada del ejército federal contra el pueblo mestizo, por lo general bien montado y convencido de sus causa. Los charros "entrenados" en las faenas campiranas de los ranchos y de las haciendas como miembros de las defensas civiles, lucharon en los estados de Chihuahua, Durango y Coahuila, prestos a vencer al enemigo.

Los rurales como corporación, dependieron en un principio de la Secretaría de Guerra (1861-1866) y posteriormente, hasta su disolución, de la Secretaría de Gobernación. Como voluntarios fueron leales, honrados y siempre prestaron un buen servicio y, como charros, fueron amantes del orden; se vestían con la clásica indumentaria y llevaban sombrero gris galoneado de plata; los jefes traían anchos galones. El general Francisco M. Ramírez. "príncipe de la charrería" que había peleado en las guerras de Reforma e Intervención, fue su último inspector general durante el porfirismo.

Sin minimizar la importancia de las infanterías y de la artillería hay que reconocer que las batallas más espectaculares de la revolución las protagonizó con decisión y maña la gente montada, mostrando en sus acciones la destreza y el oficio campiranos.

La revolución nos heredó magníficos jinetes como los generales Joaquín Amaro, Manuel y Maximiliano Ávila Camacho, Humberto Mariles entre muchos otros. Todavía es notable la fuerza montada del ejército y, con ella, los charros que oficialmente están considerados reserva armada, razón que les autoriza concluir las paradas militares del 16 de septiembre.







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La Charrería es la práctica de la equitación a la usanza nacional y de las diversas formas de jaripeo. La Charrería es también una de las tradiciones más representativas de nuestra cultura; en ella se exalta el valor, la intrepidez y la hombría del charro; el brío y la estampa del caballo, enmarcados en una fiesta de música y color.

Todos los ejercicios charros que se practican en la actualidad tuvieron su origen en el campo, con las tareas de domesticación y crianza de ganado; es decir, se desarrollaron con la ganadería, que requería de la destreza y la valentía del hombre de campo para realizar los trabajos propios del oficio.

Al finalizar la Revolución los hacendados y la gente del campo se traslada a las ciudades extrañando las faenas campiranas buscando espacios para practicarlas.De esta forma el 14 de Septiembre de 1919, nace en Guadalajara la Asociación de Charros de Jalisco y el 4 de Junio de 1920 la Nacional de Charros en la capital de la República, convirtiéndose en los semilleros de las asociaciones que poco a poco se crearon en toda la República Mexicana. Tal ha sido la presencia del charro mexicano como figura tradicional que en 1931 el entonces presidente de la República Ing. Pascual Ortiz Rubio destinó el 14 de Septiembre como Día del Charro en honor de la Asociación de Charros de Jalisco.

El año de 1933 fue muy importante, ya que el general Abelardo L. Rodríguez, emite un decreto presidencial, dando a la Charrería el título de único Deporte Nacional. Así mismo ante el creciente número de asociaciones en todo el país se forma la Federación Nacional de Charros para garantizar la práctica organizada de este deporte, que cuenta actualmente con colegio de jueces varonil y femenil, coordinación de locutores, delegada de escaramuzas, así como leyes, estatutos y reglamentos que rigen a los deportistas guardianes de esta tradición.